Introducción

Una mejor versión de mí es una novela en construcción. Y este el diario de bitácora del proceso de escribirla. A medida que la vaya escribiendo, sus capítulos irán apareciendo y serán corregidos en este blog. No prometo que el final sea el que ahora tengo previsto.

Capítulo 1- El premio

Todos estaban allí:  mi hijo en el estrado,  Maria a mi lado, preciosa en su vestido negro, cubierto su cansancio por su leve maquillaje; mi padre, Nuria, hacía tres años que no nos hablábamos tras nuestra última pelea.  Tambiėn las fuerzas vivas: el vicepresidente del gobierno,  el líder de la oposición,  ejecutivos de algunos de los bancos a los que debía dinero, los directores de los principales periódicos, colegas,  algunos clientes escogidos. Varias docenas de arribistas diversos, gente que quería pedirme cosas a mí, o a otros con los que encontrarse con la excusa de rendirme homenaje. El marco, el salón principal del Ritz, era algo recargado para mi gusto pero debe reconocerse que acompañaba a la solemnidad del acto: manteles de hilo, lámparas ostentosas, tapices en las paredes. Traje oscuro y corbata, vestidos cóctel para ellas. Pablo enumeraba con voz algo temblorosa la catarata de mis logros. Mantuve modestamente la mirada en mi regazo, dejando que los elogios me empapasen, hasta que mi hijo pronunció, tras una leve inflexión, mi nombre.
Me levanté y miré a mi alrededor procurando parecer abrumado. Sonreí tímidamente, besé a María en el pelo, y comencé a dirigirme al estrado. Estreché las manos de dos o tres amigos en el camino hasta el atril. Abracé a Pablo y le acaricié en la mejilla. Mientras él se apartaba me abroché el botón superior del traje y me toqué los gemelos de ambas mangas de la camisa consecutivamente. Hice un gesto con ambas manos para que los aplausos cesasen. Segundos después, recuperado el silencio, miré hacia posiciones indefinidas de la audiencia en una pausa teatral. Cuando consideré que el silencio me había otorgado el suficiente protagonismo, saqué mis gafas de lectura y un papel de notas cuidadosamente doblado del bolsillo interior izquierdo de mi americana y, sin caer en la tentación de golpear el micrófono para ver si funcionaba, comencé a hablar:

 

– Prometo ser breve.

 

Y entonces le vi, de pie al fondo del salón, mirándome con expresión determinada, el rostro huesudo,  los ojos hundidos, enfundado en un traje azul plomo una talla por debajo de lo aconsejable; el cuello desabrochado, el nudo de la corbata intolerablemente flojo. Se dio cuenta de que le había visto y cruzó los brazos frente a su pecho. «Estoy aquí , no voy a marcharme, ya te tengo». Empecé mi discurso fingidamente improvisado y en el fragor de la actuación le perdí de vista. Cuando volví a mirar ya no estaba.

 

Acabada mi alocución,  volví a la mesa y tras agradecerles los aplausos, me disculpé: iba al lavabo a refrescarme. Le busque por la sala mientras pasaba por entre las mesas hacia los servicios,deteniéndome cada poco para saludar y recibir elogios por mi discurso. Ni rastro de él.  Ya en el lavabo abrí el grifo y dejé correr el agua fría. Me mojé la cara y me la sequé con una toalla. Me miré al espejo, para comprobar mi compostura y me topé con su imagen reflejada, detrás de mí, a apenas a un metro de mi espalda. No había reparado en él al entrar a los servicios, no le oí abrir la puerta; seguramente debía de haber estado allí todo el tiempo. Movió la mano derecha hacia su cadera. No le di tiempo, tomé el dispensador de jabón de porcelana y girándome ágilmente lo estrellé contra su sien izquierda. Se protegió parcialmente con el brazo, buenos reflejos, por lo que no le di de lleno, pero el impacto fue lo suficientemente violento como para que el dispensador se hiciese añicos. Sentí el ácido dolor de la porcelana clavándose en mi mano y el golpe seco del hueso de mi antebrazo golpeando el suyo. Se trastabilló acusando el golpe en la cabeza, pero no cayó. Le di una patada en su pierna derecha, justo por encima de la rodilla. Gritó. Se arrodilló, visiblemente aturdido, pero lo suficientemente lúcido como para proseguir en su intento de sacar el arma que estaba seguro tenía en una cartuchera en la cadera. Recogí del suelo el fragmento mayor de porcelana ensangrentada y salté hacia él. Me puse a su espalda y, cuando él ya tenía la pistola en la mano, le rajé el cuello de izquierda a derecha por encima de la nuez. Se desató un infierno de sangre que su corazón bombeó hacia las paredes primero y luego sobre el suelo. Soltó la pistola, que aparté de su alcance de una patada. Unos segundos después dejó de moverse.

 

Jadeando, me miré de nuevo al espejo. Milagrosamente no me había manchado el traje, sólo tenía sangre en las manos y en el puño derecho de mi camisa blanca. Recogí del suelo los dos fragmentos de porcelana, uno de ellos totalmente cubierto de sangre, los deposité en el lavabo y los lavé, junto con mis manos, todo lo concienzudamente que fui capaz. Me doblé los puños de la camisa hacia adentro para tapar las gotas de sangre. Envolví los cuchillos improvisados con la misma toalla que había usado antes y la tiré al charco de sangre. Volví a mirarme al espejo, me ajusté la corbata y me reintegré a la fiesta en la que, durante unos minutos, todavía seguiría hablándose de mi premio.

 

 

Capítulo 2. El hambre

El hambre era aterradora, rugosa, ácida, negra como la noche. Me asaltaba a todas horas y a traición, me desvelaba, me descomponía. Así que hace 25 años decidí que nunca más sentiría hambre. Lo he cumplido, no la he sentido desde entonces.

El sufrimiento huye del vacío, sin embargo, y el hueco que dejó mi hambre desaparecida lo llenó una rabia sorda, muda, gris, sin objeto; indefinida, entumecedora, avergonzante; incomprensible pero soportable. Tardé años en darme cuenta del trueque de rabia por hambre. Cuando fui consciente, la rabia ya se había incorporado a mí, me había cambiado. Sin hambre que satisfacer creía que comer sería puro placer, esperaba deleite porque sí, sin el peaje de la necesidad. Sin embargo la falta de deseo condujo a la rutina alimentaria y el goce con la comida desapareció por completo. Después de la rabia, empecé a sentir asco. Me resultaba insoportable ver comer a nadie. El sonido de la comida resolviéndose en la boca de mis ocasionales compañeros comensales atronaba en mis oídos y me provocaba arcadas. Dejé de frecuentar actos sociales en los que hubiera comida involucrada. Perdí mis escasas amistades a fuerza de no frecuentarlas. No las eché de menos.

Acabé por comer siempre lo mismo, a las mismas horas, preparado de la misma manera, en la misma cantidad. Un suceso biológico, conocido y previsible, que conseguía mitigar mi rabia por unas horas. Al principio diseñé un plan de alimentación equilibrada, en el que estaban presentes todos los grupos de alimentos necesarios en una nutrición saludable. Poco a poco empezó a cobrar fuerza el pensamiento de que estaba cuidándome en exceso, y fui restringiendo los alimentos incluidos en mi espartana dieta. Me convertí en un talibán dietético, consagrado a la misión de evitar cualquier sorpresa gastronómica. Al final acabé por comer sólo manzanas: dos para el desayuno, una a media mañana, dos para la comida,  dos para la cena. A medida que iba agotando las reservas de mi cuerpo empecé a restringir mi actividad. Dejé de ir a clase de mi último curso de derecho pues no tenía ánimo para salir de casa y acabé por no levantarme del sofá, contándome las pulsaciones compulsivamente y comprobando que poco a poco se ralentizaba mi ritmo cardíaco. Llegué a una frecuencia cardiaca de cuarenta pulsaciones. Me envalentonaba tener bajo control hasta a mi corazón.

Finalmente vinieron a rescatarme. Mi madre contactó con un centro siquiátrico y orquestó un ingreso al que no tuve fuerzas para resistirme. Me obligaron a comer, recuperé algo de peso y volvieron a encarrilarme en la vía de una existencia más o menos normal. No he conseguido sin embargo dejar de sentir rabia. Ahora mismo me desgarra las entrañas la ira, la culpa y el asco.